Calcetines perdidos: vaya gorro, miarma

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Coscorro entró en el claro del bosque con un calcetín de rayas en la cabeza y una chulería que no le cabía entre los árboles. Se había doblado el elástico tres veces. La puntera le arrastraba por detrás. Dio una vuelta despacito para que lo viéramos bien y casi se cayó al pisarse el gorro.

«No aplaudáis todos a la vez, que me desconcentro».

Lo habíamos mangado del cesto de la ropa limpia mientras un humano buscaba las pinzas. Uno solo. El otro se quedó allí, bien estiradito, para que después pudierais pasar media hora sacudiendo sábanas y culpando a la lavadora. Nosotros ya íbamos camino del bosque con el botín al hombro. Sí, criaturas. Somos unos cabroncetes.

La máquina se lleva unas broncas tremendas. Que si se los come, que si los esconde. Y nosotros durmiendo tan calentitos dentro de un calcetín de deporte, con el talón de almohada. Hay noches en las que hasta nos da un poquito de vergüenza. Se nos pasa en cuanto nos arropamos.

Eso antes llevaba un pie

En nuestro rincón de costura había calcetines convertidos en sacos de dormir, hamacas entre raíces y una manga de viento que solo funcionaba cuando alguien soplaba. Brígida estaba remendando uno de lunares. Melitón se había metido en uno de lana para comprobar si picaba y llevaba un rato sin dar señales. Lo escuchamos roncar. Prueba terminada.

Coscorro quería estrenar el suyo dando un paseo. Brígida le ofreció recogerle la cola con unas puntadas, pero él se puso una mano en la cintura y levantó la barbilla.

«Ni se te ocurra. Esto tiene caída».

«Sí, y tú también. De boca, carajote».

Salimos detrás de él porque aquello había que verlo. Iba saludando a las setas, girando la cabeza para que ondearan las rayas y diciéndole al gorro que se portara, coño, que estaban mirando. Nosotros le sujetábamos la punta en las cuestas. Encima de mangar el calcetín para él, había que llevarle la cola al señorito.

En el sendero apareció un perro con su dueño. El perro olisqueó el aire, miró las rayas y empezó a mover el rabo. Coscorro creyó que había encontrado a alguien con buen gusto. Se acercó un poquito más. Nosotros ya estábamos haciendo gestos para que reculara.

El perro conocía aquel calcetín. Y conocía el juego.

La pasarela se fue a tomar por culo

Cogió la puntera con los dientes y echó a trotar hacia su humano. Coscorro se agarró al elástico. Primero fue andando muy deprisa, luego dando saltitos y al final desapareció entero dentro del gorro. Solo se le oía protestar desde el talón. Nosotros corríamos detrás, doblados de risa y tratando de alcanzarlo.

«¡Suelta, cojones! ¡Que voy dentro! ¡DENTRO!».

El humano se agachó encantado. Había encontrado el calcetín que faltaba. Lo cogió por un extremo y el perro tiró del otro. En medio se marcó un bultito con dos codos. Coscorro nos pidió ayuda a gritos, pero a Melitón le dio tanta risa que tuvo que sentarse.

Un perro recoge la punta de un enorme gorro de calcetín mientras Coscorro se agarra y sus compañeros corren detrás riéndose

Nosotros conseguimos que aflojaran tirándole al perro una piña. Coscorro salió disparado hacia un helecho, todavía envuelto en las rayas. Tardamos un rato en sacarlo. Cuando asomó la cabeza, tenía el pelo pegado, una hoja en la oreja y muy poquitas ganas de desfilar.

«¿Ahora sí te recojo la cola?», preguntó Brígida.

Coscorro le entregó el gorro sin decir nada. Luego miró al perro, que había vuelto con la piña y una alegría tremenda. Le rascamos detrás de las orejas. Qué le íbamos a hacer. El animal estaba pasándoselo de puta madre.

Se vino hasta el claro y olisqueó nuestros sacos de dormir. No le dimos importancia. Esa noche nos acostamos rendidos.

Amanecimos en el felpudo del humano. Nueve Magikitos, cada uno dentro de su calcetín, puestos en fila. El perro había devuelto la colada entera sin despertarnos. Nos miraba esperando una galleta.

Una galleta por desahuciar a medio bosque. Hay que ser hijo de perra.

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