Uno de nosotros iba a quejarse de que se le estaban congelando los pies. Pero de pronto el cielo se mueve y lo deja con la frase a medias. Una cinta de luz verde se estira por encima de los árboles. Aparece un pliegue de luz rosa, se deshace y vuelve a aparecer un poco más allá. Y nosotros, los Magikitos, que siempre tenemos alguna tontería cociéndose bajo el gorro, nos quedamos callados.
Bueno, uno suelta un «hostia» en voz baja. Decidimos que, dicho con tanto cariño, también vale como silencio sagrado.
Las auroras boreales nos dejan sin saber qué decir. Hace un momento veníamos hablando de asuntos importantísimos y ahora estamos aquí, con la nariz mojada, mirando un cuadro que está pintando la vida misma. Y no se está quieto. En cuanto creemos que ya le hemos cogido la forma, cambia otra vez de pincelada.
Ahí arriba han montado la discoteca de la alegría
Al principio solo miramos. Luego lo empezamos a notar en todo el cuerpo. Se nos eriza el vello, se nos afloja algo en el pecho y se nos escapa una sonrisa sin que sepamos muy bien por qué. Los pelos de los brazos se han puesto de pie para ver mejor. Les habría bastado con pedir sitio en primera fila, pero son muy suyos.
Estamos flipando en colores. No se nos ocurre una forma más exacta de decirlo. Las franjas verdes se ondulan, el horizonte parece respirar y a nosotros nos entran unas ganas de reír que no sabemos de dónde salen. Ahí arriba se han montado una discoteca sin techo, sin portero y sin el pesado que te pisa y luego te dice que él apenas se ha movido.
La música la ponemos nosotros: los latidos, la respiración y esa risilla que se nos escapa por debajo de la bufanda. Entre todos hacemos una sinfonía para acompañar el baile del cielo. Nos entran ganas de saltar, de abrazarnos y de señalarlo todo a la vez. Uno dice «¡Mira allí!» y el otro ya está mirando para otro lado. A ver quién se aclara cuando el espectáculo ocupa el horizonte entero.
¿Qué enciende los colores de una aurora boreal?
Las auroras boreales se producen cuando unas partículas cargadas, sobre todo electrones, chocan con los gases de la parte alta de la atmósfera. Al recibir esa energía, los gases emiten luz. El oxígeno puede producir luz verde o roja, mientras que el nitrógeno aporta tonos azules, rosados o violetas. El color depende del gas y de la altura a la que se produce el encuentro, entre otras cosas. La NASA explica cómo se producen las auroras.
A nosotros nos encanta saber qué hay detrás de algo tan bonito. Ese verde nos gusta todavía más cuando entendemos de dónde sale. El universo se pone a hacer física y le sale semejante fiestón. Luego estamos nosotros, que enchufamos la tostadora y a veces nos salta el automático.
Una rendija por la que asomarnos a otra dimensión
Durante un rato parece que el paisaje de siempre nos ha abierto una puerta que no habíamos visto. Seguimos con los pies hundidos en la nieve y el termo sigue goteando por la tapa. Reconocemos los árboles, el lago, todo. Pero nos da la sensación de que hemos acabado en otro sitio.
Nos gusta pensar que eso es asomarse a otra dimensión, una en la que caben a la vez el frío, el entusiasmo, una punzada de tristeza y unas ganas tremendas de estar vivos. Nosotros, que nos liamos hasta para doblar un mapa, nos metemos encantados en un sitio donde cabe tanto.
Ya nos pasó algo parecido al dejarnos mojar por la lluvia. Aquí también nos dejamos llevar por lo que está pasando. Durante unos minutos nos basta con estar ahí y mirar. La noche no nos pide que hagamos nada más, y nosotros tampoco le vamos a pedir cuentas a ella.
Y, de repente, nos acordamos de alguien. Nos viene a la cabeza su risa o la manera en que nos apretaba la mano. Estábamos pendientes de los colores y, sin darnos cuenta, hemos acabado pensando en toda esa gente que llevamos dentro.
El pasado, el presente y el futuro comparten una bufanda
Puede que nos acordemos de quien nos enseñó a buscar figuras en las nubes. O de una amiga que vive lejos y que soltaría una barbaridad preciosa si pudiera verlo. O de alguien que ya murió y a quien todavía oímos decirnos «abrígate», como cuando nos perseguía por casa con una bufanda en la mano.
El pasado vuelve con esa voz. El presente está en el aire frío que respiramos. Y el futuro se cuela en las ganas de decirle a alguien: «La próxima vez quiero venir contigo». Los tres se arriman al mismo banco y les hacemos un hueco, aunque no sabemos si el pobre banco va a aguantar tanta existencia junta.
Hay recuerdos que nos hacen llorar justo cuando todo se está poniendo más bonito. Nos pasa y tampoco sabemos explicarlo del todo. Se nos juntan la alegría de estar allí y las ganas de abrazar a quien nos falta. Nos secamos la cara con la manga y seguimos mirando.
¿Por qué tanta belleza nos hace pensar en quienes queremos?
Cuando vemos algo precioso, a menudo nos entran ganas de compartirlo con alguien a quien queremos. Una aurora puede recordarnos a quien disfrutaría viéndola, a alguien con quien pasamos una noche parecida o a una persona que echamos de menos. Nos acordamos de ella por lo que hemos vivido juntos. Para nosotros, los Magikitos, ese «ojalá estuvieras aquí» es una forma muy sencilla de decir cuánto nos importa alguien.
Nos hace gracia lo poco que tardamos en buscar a alguien con quien compartirlo. Hasta el duende que dice «yo voy a mi bola» acaba tirándole de la manga a otro para que mire. Tanta independencia y luego no aguantamos ni cinco minutos sin querer tener al lado a alguien de los nuestros.
Así también se cuida una amistad de verdad: acordándonos del otro cuando vemos algo que sabemos que le gustaría. A veces podemos llamarlo en ese momento. Otras nos guardamos lo que queremos contarle para cuando podamos hablar. Y hay veces en las que solo nos sale decir su nombre muy bajito. Ojalá pudiéramos llamarlo una vez más.
Lo que nos llevamos a casa
La aurora se va apagando poco a poco. Primero queda una raya de luz cada vez más pálida y luego vuelve la oscuridad. Alguien se queja otra vez de que no siente los pies y al resto nos empiezan a sonar las tripas. Después de tanta emoción cósmica, nos viene de maravilla un buen plato de sopa.
En casa siguen esperando los platos por fregar y los mensajes sin contestar. Pero nos hemos traído el recuerdo de haber estado allí y las ganas de decirle a alguien que nos hemos acordado de él. Eso todavía podemos hacerlo, aunque ya no quede ni una chispa verde en el cielo.
Sacamos el móvil del bolsillo con los dedos todavía medio congelados y escribimos: «He visto algo precioso y he pensado en ti».
La discoteca cierra ahí arriba. Aquí abajo acaba de encenderse otra lucecita.