Pero es mía

Víctor sacó el cuaderno una noche, cenando.

No el de Eva. Uno suyo, de tapa dura, comprado en Oviedo, abierto entre los platos.

— Vale. Hay que ponerse con los títulos. — Contó con el boli —. Llevamos nueve grabadas. Y están muy bien, ¿eh? Pero lo primero que me van a preguntar es qué es. Y yo no puedo decir «pues una tía que canta lo que le sale».

— Es que es una tía que canta lo que le sale.

— Ya. — Se rió —. Pues eso no se puede decir.

Axel lo oyó todo desde la puerta, sin meterse. Duró una hora.

— Porque una canción que cambia cada vez no es una canción, tía. Es un rato.

— Pues a mí me gustan los ratos.

— Ya, ya. — Pasó una hoja —. Y la tercera hay que grabarla otra vez, que en el minuto dos te vas a otro sitio.

— Es que ahí me fui.

— Ya, pero no te puedes ir.

Y buscando una hoja, con el boli en la boca y sin ninguna maldad, Víctor dijo:

— Y la del banco me la haces igual que el jueves. Aquí, así. Y ya está.

Le dio dos golpecitos al papel.

Eva se quedó mirando el cuaderno.

Aquí. Así.

Se levantó a por agua y estuvo cuatro minutos fuera, en el escalón, con la jarra vacía, mirando el cielo.

Axel ya tenía la lona en los brazos para tapar el faldón.

— Déjala, illo — dijo Eva al entrar —. Hoy no llueve, que lo dice la luna.

Axel dejó la lona en el escalón.

Llovió a las cuatro.

Por la mañana había dos dedos de agua en la cocina y los rollos de tela asfáltica, blandos como cartón mojado. Noventa euros. Y un día sin subir, que a un tejado mojado no se sube.

Eva no pidió perdón. Apuntó algo en su cuaderno, debajo de su línea, y se puso a achicar con la olla.

Dos días después pasó lo del vaso.

Estaban comiendo los tres en la cocina y Wamba cruzó la mesa.

De punta a punta. Por delante de la fuente de patatas. Andando como andaba él, con las manos a la espalda y sin ninguna prisa. Y al llegar al borde se paró a mirar el vaso de Víctor.

Axel dejó de masticar.

Víctor, que estaba a cuarenta centímetros y mirando justo hacia allí, siguió hablando de un festival.

No lo esquivó. No apartó la vista. Estaba mirando el sitio exacto donde Axel veía un bicho de un palmo con las manos a la espalda. Y lo que veía él era un vaso.

Cogió el vaso, con Wamba delante, y bebió.

Eva no miraba a Wamba. Miraba a Víctor. A la cara. Sin parpadear.

Wamba esperó a que dejara el vaso. Luego se fue por la lareira, y al pasar por delante del plato del azúcar no lo miró.

El lunes, Víctor lo soltó.

— El miércoles nos vamos. Que hay que estar allí antes de la prueba.

— ¿Nos? — dijo Eva.

— Hombre.

El martes por la noche, fregando, Axel los oía en el escalón. Víctor hablando y Eva diciendo «ya» de vez en cuando.

Y de pronto:

— Que no.

Y más alto:

— Víctor, que no.

Axel salió con el trapo en la mano.

Estaban en mitad de la calle, con el coche detrás y la puerta del copiloto abierta. La bolsa de él, puesta en el asiento de ella. Eva tenía la escoba en la mano, que había salido a barrer el escalón y ya no la había soltado.

— ¿Cómo que no? — decía Víctor.

— Que no voy.

— Pero si está todo…

— Ya lo sé.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí?

— Sí.

Víctor se pasó la mano por la cara y se rió, solo con la boca.

— Vale. Vale, vale, vale. O sea que te quedas. Con el del tejado.

— Eso no tiene nada que…

— Que sí, tía. — Levantó las manos —. Que llevo mes y medio en un hotel de once habitaciones, en un pueblo de veintiséis vecinos, comiendo lentejas en una cocina sin luz. ¿Tú sabes lo que es eso?

— Nadie te ha pedido que…

— Ya lo sé. Nadie me ha pedido nada. ¿Tú sabes lo que te estoy ofreciendo?

— Sí.

— No lo sabes. Porque si lo supieras no estarías aquí de pie con una escoba. — Señaló la puerta con la barbilla, el papel —. Que esto el treinta es un solar, Eva, que me lo ha enseñado el de la carpeta con los planos. Os la tiran, le mandan la factura a la señora, la señora no la paga y la vende. Y tú barriendo. — Se le puso la cara roja de golpe —. Que te estoy sacando de la calle. Que llevas dos años cantando para nadie. Para nadie. Y viene un tío y te dice que esto vale, que yo lo pago, que yo te lo monto. Y tú me dices que no porque te gusta un pueblo.

— No es por el pueblo.

— ¡Pues por lo que sea! — Ya gritaba —. ¡Que tu música es una mierda si no la oye nadie! ¿Lo entiendes o no? ¡Que eso no existe!

Dentro se oyó a Kika levantarse.

— Y dentro de diez años vas a estar aquí — dijo, más bajo —, con las mismas cuatro cancioncitas que no ha oído nadie, cantándoselas a la vieja de los callos.

Eva no se movió.

— A lo mejor.

— ¿A lo mejor?

— Que a lo mejor tienes razón.

Y luego dijo la otra, mirándole a la cara. No le tembló nada.

— Pero es mía.

Víctor la miró tres segundos largos.

— Vale.

Se quedó con la mano en la puerta abierta.

— La prueba sigue en pie. El jueves veinticinco. Está pagada, y va a estar pagada vayas o no vayas. Así que no me hagas el favor de no ir.

Cerró la puerta del copiloto con la bolsa dentro y dio la vuelta al coche. Antes de meterse se paró con la mano en el techo y miró a Axel, que llevaba todo aquello en el escalón, con un trapo.

— Y tú tampoco has dicho nada, ¿eh?

Y se metió en el coche.

Bajó la calle demasiado rápido. En la curva de abajo se oyeron los bajos rozando la piedra.

Y ya está.

Eva se quedó en mitad de la calle con la escoba. Luego siguió barriendo, hacia el otro lado, como había dicho Trini.

A las once, en las hamacas, ella dijo a oscuras:

— El micro se lo ha dejado.

— Ya lo he visto.

Estaba en la mesa, con el estuche cerrado.

— Pues mañana se lo bajas a Trini y que se lo mande.

— Vale.

Y al rato:

— Axel.

— Qué.

— Que menos mal que estabas.

Axel se quedó mirando el techo. La viga la había cortado su padre. Ella estaba a metro y medio, a oscuras, sin verle la cara.

Nunca lo había tenido tan fácil.

Y no dijo nada.

Por la mañana el plato del azúcar estaba vacío.

Llevaba lleno desde la noche del cumpleaños.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona