Ñoño
Alguien lloraba en un frontón y no era por la tormenta
La tormenta les pilló en campo abierto y fue de las buenas.
Primero se puso todo amarillo. Luego un viento que les arrancó el mapa de las manos. Y luego empezó a caer agua como si la echaran con un cubo.
— ¡Corre! — gritó Axel.
— ¡Corre tú, que llevas la casa a cuestas!
Corrieron doscientos metros por una pista que se estaba convirtiendo en un río, con Kika aullando de nervios y Fay metido en la sudadera de Eva, que era un sitio donde Fay no había estado nunca y no quería estar.
Llegaron al frontón de Hermisende. Una pared enorme, un techo de chapa que tapaba la mitad y una portería pintada con spray. Se metieron debajo, chorreando, y la chapa sonaba como si se estuviera acabando el mundo.
— Madre mía — dijo Hortensia, escurriéndose el pelo con las dos manos.
Kika se sacudió justo al lado.
— ¡Pero bueno!
Y ya no hubo quien parara de reírse. Eva soltó al gato, que salió disparado a un rincón a lamerse la dignidad, y se quedó con la camiseta pegada y el pelo chorreando, riéndose también.
Cuando se calmaron seguía cayendo. Las seis de la tarde y oscuro como a las nueve. Eva se apoyó en la pared, estiró las piernas y se puso a canturrear, casi para dentro, mirando el agua caer del borde de la chapa.
Al rato cerró los ojos, sin dejar de cantar.
Axel bajó la vista.
Y lo vio.
Pegado al tobillo de Eva, a dos dedos, sin tocarla. Pequeño, hecho una sopa, con una bufanda que le daba tres vueltas al cuello y le arrastraba. La nariz roja. Sentado como se sienta uno al lado de una estufa.
Estaba llorando.
No lloriqueando. Llorando con los hombros, con el cuerpo entero, sin hacer ni un ruido.
— Eh — dijo Axel, bajísimo, para no cortar a Eva —. ¿Qué te pasa, chiquillo?
El bicho levantó la cara y se sorbió los mocos.
— ¿Te has hecho daño?
Que no con la cabeza.
— ¿Es por el agua?
Que no otra vez. Y levantó los ojos hacia arriba, hacia la cara de Eva.
— ¿Por ella?
El bicho asintió, muy fuerte, dos veces. Y se echó a llorar otra vez.
Axel la miró. Eva seguía igual. Apoyada en la pared, canturreando algo sin letra, con el pelo pegado a la cara y los pies descalzos en el cemento.
— Pero si está bien.
El bicho hizo un ruido que era medio hipo y medio palabra, y se tapó la cara con la bufanda.
— ¿Tú cómo te llamas?
— Ñoño — dijo, con una voz de trapo mojado.
— Hombre, pues te pega.
— Ya lo sé.
— ¿Con quién hablas? — dijo Hortensia desde el otro lado.
— Con nadie.
— Ah. Pues que no se moje, que aquí cala.
Estuvieron allí dos horas y media. Y no se aburrieron.
A Hortensia le vibró el teléfono en el bolsillo de la rebeca. Lo sacó, miró la pantalla un segundo, lo puso boca abajo encima de la rodilla y le dio una palmadita, como para que se estuviera quieto.
— Uno que vende algo — dijo. Nadie le había preguntado.
Y se puso a contar lo de una prima suya que se casó dos veces con el mismo hombre.
— Dos veces, ¿eh? Se divorciaron cuando divorciarse era un escándalo, a los nueve años se encontraron en un entierro y a los once meses estaban otra vez en la misma iglesia, con el mismo cura, que ya no se acordaba. — Se sacudió una gota del brazo —. Y en la segunda boda estaba mucho más guapa.
Kika salió a la lluvia cuatro veces y las cuatro volvió a sacudirse encima de todo el mundo. A la cuarta Hortensia se levantó con la rebeca chorreando.
— ¡Tú a mí te vuelves a sacudir encima y te hago una alfombra! ¡Una alfombra de pasillo, lobo del demonio!
Kika movió el rabo, encantada.
Luego se callaron los tres.
Y Axel se puso a mirar a Eva, que en un arcén había dicho «a esa no la llaméis» sin que le temblara la voz.
Y el de la bufanda la miraba desde el tobillo y lloraba lo que no lloraba ella.
Cuando Axel volvió a mirar, ya no había nadie. Solo un charco que se había metido por debajo de la chapa y, al lado del pie de Eva, una marquita mojada del tamaño de un botón.
Agua. Evidentemente, agua. Allí dentro estaba todo mojado.
Escampó a las nueve. Salieron con el cielo negro por un lado y limpio por el otro, y el aire olía a tierra mojada.
Cenaron en el frontón, con el hornillo rugiendo.
En un momento, mientras Hortensia contaba no sé qué de un mercadillo, Axel cogió la manta de cuadros de Hortensia y se la echó a Eva por los hombros, sin decir nada.
Hortensia lo vio. Se tapó la boca con la mano para que no se le viera la sonrisa, y no le sirvió de nada.
— Que no tengo frío — dijo Eva.
— Ya.
No se la quitó en toda la noche.
A las tres de la mañana a Hortensia le volvió a vibrar el teléfono dentro de la rebeca. La pantalla encendió un segundo la chapa del frontón. Luego nada. Boca abajo, y una palmadita.
Esa noche Hortensia no roncó.