La flauta

El mensaje seguía debajo.

Que el guardia joven, el de la libretita, le dijo que la habían visto bien y que iba acompañada. Dónde no, que se lo prometió a la niña. Con quién, sí: una señora que se llamaba Hortensia Rebollo, que lo vio en el carné. Y con eso me ha encontrado. Por la esquela de mi marido, fíjate. Que es abogada, me ha dicho. No sé si eso ayuda o es peor.

Dice que solo quiere saber si está bien. Yo no le he dicho nada. Paco dice que se lo cuentes a la niña y ya está. Paco dice muchas cosas. ¿Qué hago?

Axel lo leyó tres veces a oscuras, con la pantalla al mínimo. A la tercera se acordó de un chaval colorado escribiendo un apellido con una letra muy cuidada, mientras Eva le preguntaba dónde iba a acabar aquello.

A metro y medio, Eva roncaba.

Escribió: No le digas nada.

Lo borró.

Escribió: Déjame pensarlo.

Y le dio a enviar.

Por la mañana Eva le vio mirar el móvil.

— ¿Quién era anoche?

— Hortensia.

— ¿Y qué quería?

— Que le sale mal la trenza.

Era verdad. Se lo había dicho dos mensajes antes.

Aquella tarde, subiendo un repecho largo, Eva se recolocó la mochila por cuarta vez en una hora. Primero colgada de un hombro. Luego de los dos, con las correas larguísimas, casi por el culo. Luego otra vez de uno.

— ¿Te aprieta?

— No.

— Es que la llevas fatal.

— La llevo como la llevo.

— Mira, si te tensas esto de arriba, el peso se te va a los hombros. Es un segundo.

— Que no hace falta.

— Eva, que la llevas colgando como un bolso, tía.

— Que no la quiero.

— Perdón — dijo ella, más bajo —. Que no la quiero. La llevo porque me la dio, con la mía dentro. Pero no la quiero.

Se sentó en una piedra del borde. Axel, en otra.

— Yo tenía quince años y me hice una flauta — dijo Eva, mirándose los pies.

— ¿Cómo que te hiciste una flauta?

— Con una caña de bambú del jardín de un vecino. Vi un vídeo. Los agujeros tienen que ir en un sitio exacto y yo no tenía ni idea, así que hice quince cañas antes de que sonara una.

— ¿Quince? ¿Y el vecino?

— El vecino tenía mucho bambú y muy poca vista.

A Axel se le escapó la risa, y a ella también, un poco.

— Los agujeros los hacía con un pincho de brocheta puesto al fuego, en la cocina, cuando no había nadie. Me quemé los dedos ocho veces. — Levantó los dedos, como si todavía se vieran —. La número quince sonaba. Sonaba a pito, ¿eh? Pero sonaba.

— ¿Y qué pasó?

— Que un día tuvimos una bronca mi hermana y yo. Por una tontería, ni me acuerdo. Y ella cogió la caña de encima de mi cama y la partió con la rodilla. «Aquí se hace lo que digo yo y punto.»

A Axel se le cerró la mandíbula.

— Eso es lo normal, ¿no? — dijo Eva —. Una bronca de hermanas, se rompe algo. Lo otro es lo que no me esperaba. Que a la semana me regaló una flauta. Una travesera de verdad, con su estuche y su trapito. Carísima. Y me la dio en la comida del domingo, delante de mis padres, de mis tíos y de mi abuela.

Cogió una piedrecita del suelo.

— Y todo el mundo: «Qué buena hermana tienes». «Con lo que le ha costado». Y mi abuela me cogió la cara y me dijo «hija, qué suerte tienes». Y yo tuve que dar las gracias. Delante de todos. Y las di muy bien, ¿eh? Que para eso valgo.

Tiró la piedrecita.

— Y desde ese día la que había roto una flauta era yo, por no tocar la suya. Ella tenía la factura y yo tenía una caña partida en la basura.

Se levantó.

— No la toqué nunca. Ni una nota. Estará en su casa, en el armario del pasillo, con el estuche cerrado.

Se echó la mochila azul al hombro. A un hombro. Otra vez.

— Por eso.

Y siguió subiendo.

Axel tardó cinco minutos en levantarse de la piedra.

No volvieron a sacarlo en todo el día. Por la noche se rieron de una vaca que se les quedó mirando mientras cenaban, que para eso no hacía falta Hortensia. Y Eva se durmió enseguida.

Axel sacó el móvil dentro del saco.

Y pensó esto. Que lo de la flauta había pasado hacía ocho años. Que la gente cambia. Que llevaba más de un año buscándola, y eso, se mire como se mire, es que le importa. Que a lo mejor no se estaban entendiendo, y ya está.

Hubo un momento, uno, en que estuvo a punto de hacerlo bien.

Podía despertarla. Podía decirle «tu hermana ha llamado a Hortensia». Cinco palabras. Y luego pasaría lo que tuviera que pasar, pero delante de él y no a sus espaldas.

Lo tuvo cinco segundos.

Al quinto pensó que estaba dormida y que despertar a alguien para eso era una crueldad. Y era verdad. Por eso funcionó tan bien.

Y de ahí a lo otro fue un paso. Que eso se arreglaba si alguien de fuera, alguien tranquilo, alguien que no tuviera nada que ver, se sentaba en medio y hablaba con las dos.

Alguien como él.

Escribió:

Dame su número. Yo hablo con ella. Solo para saber qué quiere. Eva no tiene por qué enterarse de nada.

Leyó la última frase tres veces.

Y le dio a enviar.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona