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El secreto de Felipe

Había una vez un niño llamado Felipe, que tenía un poder muy especial: entendía el idioma de las aves. No es que los pájaros hablaran español, qué va, pero cuando un gorrión piaba, Felipe sabía si estaba pidiendo pan o contando un chiste. Los mirlos le avisaban cuando iba a llover y las palomas le pedían consejo sobre en qué cornisa construir sus nidos. Felipe amaba tanto a los pájaros que deseaba con todo su corazón convertirse en papá de alguno.

Un día, mientras miraba dentro del frigorífico de su casa buscando la merienda, Felipe tuvo una idea que le pareció sencillamente brillante. En la huevera, al fondo, había seis huevos blancos, lisos y perfectos. —Es mi oportunidad —se dijo con los ojos brillantes—.

Esa misma noche, con mucho sigilo, Felipe abrió la nevera, agarró tres huevos y corrió hacia su habitación. Los acomodó con muchísimo cuidado bajo la almohada, se acostó encima procurando no aplastarlos y pensó: Solo necesitan calorcito. En un par de días seré el orgulloso papá de tres hermosos polluelos.

Pero lo que Felipe no sabía era que los huevos del frigorífico no tenían ningún pajarito dentro, aunque eso estaba a punto de cambiar, por pura magia. A medianoche, la habitación de Felipe comenzó a brillar con diminutas chispas de luz. Por la ventana abierta entraron volando tres criaturitas con gorritos puntiagudos y orejitas muy largas. Era una patrulla de Magikitos, los seres mágicos encargados de proteger los sueños y los disparates inocentes de los niños. Eran Pipo, un Magikito gordito y comilón; Lumi, la Magikita con varita de luz; y Saca, el Magikito más impaciente.

Pipo voló hasta la cama, olfateó el aire y frunció el ceño. —Aquí huele a tortilla fría —dijo Pipo rascándose la cabeza—. Lumi usó su varita brillante para examinar bajo la almohada y ahogó un grito de sorpresa. —Por las barbas del gran mago, este niño ha puesto huevos bajo su cabeza. Los ha traído de la nevera. Están congelados —dijo—.

Saca dio tres vueltas en el aire alarmado. —Si el niño se da la vuelta mientras sueña con dinosaurios, va a hacer un revuelto de huevo en su cama. ¡Hay que sacarlos de ahí! —dijo—. Los tres Magikitos tiraron y empujaron con todas sus fuerzas, pero los huevos eran gigantescos para ellos. En mitad del esfuerzo, Felipe se movió dormido, aplastó un poco la almohada y ¡crac! No, no se rompieron. La energía del toque mágico de los Magikitos, combinada con el deseo puro de Felipe, hizo que la cáscara absorbiera la magia.

De repente, los huevos empezaron a temblar, a brillar en un color verde neón y a saltar como palomitas de maíz. —¡Ay, los hemos hechizado sin querer! —dijo Lumi—. Plop, plop, plop. De los huevos no salieron gorriones ni jilgueros, sino dos criaturas jamás vistas. Eran huevos con alas. Tenían la cáscara intacta, pero les habían salido dos alitas con plumas de colores, dos patitas de gallina y unos ojitos saltones súper divertidos.

Los huevos con alas empezaron a volar por la habitación, piando sin parar: ¡Cuac, cuac, cuac, cuac! Empezaron a rebotar contra las paredes, las lámparas, los armarios, soltando plumas de colores por todos lados. —¡Atrápalos, Saca, que no despierten al niño! —chilló Pipo corriendo tras uno de ellos, mientras tropezaba con un calcetín—. El caos era total. Un huevo intentaba anidar en el pelo despeinado de Felipe, mientras otro perseguía a los Magikitos haciéndoles cosquillas con las alas. Los Magikitos volaban haciendo piruetas y lanzando conjuros de humo para intentar frenarlos, pero los huevos solo se reían.

Tanto lío armaron que Felipe abrió un ojo, luego el otro y se quedó con la boca abierta. ¡Huevos voladores y muñequitos con alas! Frotándose los ojos, creyó que seguía soñando.

Lumi voló de inmediato hasta la nariz de Felipe y le dijo:

—Hola, Felipe, somos los Magikitos. Escucha bien, los huevos del frigorífico no tienen pajaritos dentro, pero como tu amor por las aves es tan grande, nuestra magia les ha dado vida propia. Pero no pueden quedarse aquí. Mañana tu mamá los verá y querrá hacer un bizcocho con ellos.

Un mirlo, amigo de Felipe, se posó en el alféizar de la ventana y pió preocupado. Felipe lo entendió perfectamente. —Un mirlo dice que en el gran árbol del jardín hay un nido vacío donde estos huevos con alas pueden vivir felices y volar libres —tradujo Felipe sonriendo—. —Pues no hay tiempo que perder —dijo Saca—. Felipe, en pijama y zapatillas de conejo, ayudó a los Magikitos a hacer una patrulla de rescate.

Con mucho tacto y haciendo ruidos de pájaros, que a los huevecitos les encantaba, Felipe logró atraer a los simpáticos huevecitos hacia la ventana. Los Magikitos lanzaron un polvo de estrellas sobre Felipe y los huevos de alas y todos llegaron flotando hasta el árbol más alto del jardín. Acomodaron a los huevos en un mullido nidito hecho de musgo y lana. Allí se acurrucaron y se quedaron dormiditos.

—Lo has hecho muy bien, Felipe —dijo Lumi, posándose en su hombro—. Tienes un corazón gigante para cuidar la naturaleza, pero tienes que hacernos un favor. Deja los huevos de la nevera donde están. Si quieres pajaritos, es mejor construir casitas de madera en el jardín. —Prometido —dijo Felipe sonriendo—. Pipo le entregó a Felipe una pluma dorada. —Toma, un regalo de los Magikitos. Si alguna vez necesitas ayuda con los pájaros, solo tienes que soplarla —dijo—.

Los Magikitos acompañaron a Felipe de vuelta a su casa. Lo arroparon bien y con un chasquido de dedos hicieron que volviera a dormirse plácidamente. Al día siguiente, cuando Felipe despertó, la almohada estaba limpia y no había rastro de los huevos. Todo parecía haber sido solo un sueño.

Hasta que miró la mesilla de noche y vio la brillante pluma dorada. Al mirar por la ventana, vio a los huevos con alas haciendo piruetas en el cielo junto a los gorriones, cantando la canción más alegre y disparatada que jamás hubiera escuchado. Y desde ese día, Felipe se convirtió en el protector oficial de todas las aves del barrio. Pero eso sí, los huevos de la nevera no los volvió a tocar.

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