Birra y Nandi
Había una vez, en un pueblo pequeñito, escondido en las colinas y senderos de tierra, un niño llamado Nandi. A Nandi le fascinaba salir a explorar al campo cuando terminaba sus deberes. Le encantaba sentir el viento fresco en la cara, escuchar el murmullo de las hojas y descubrir pequeños tesoros escondidos: una piedra con forma de estrella, una pluma de búho, el caminito secreto de las hormigas trabajadoras.
En uno de sus paseos habituales, justo cuando el sol comenzaba a pintar el cielo de colores inimaginables, Nandi escuchó un sonido extraño que salía de unos matorrales del borde del camino. Nandi se acercó despacito, apartó las grandes hojas con cuidado y se encontró con la sorpresa más tierna de su vida: un perrito negro como un peluche, con los ojos redondos y brillantes como el azabache. Tenía la panza llena de barro y una cola tan juguetona que parecía funcionar con un muelle invisible. El perrito estaba completamente perdido, pero al ver a Nandi no sintió miedo. Se abalanzó hacia él y le dio un enorme y húmedo lametón en la punta de la nariz.
—¡Hola, chiquitín! —dijo Nandi levantando al perrito en brazos—. Estás muy lejos de casa, pero no te preocupes, yo te cuidaré. Ahora te llamarás Birra.
Desde aquel momento, Nandi y Birra se volvieron completamente inseparables. Hacían todo juntos. Corrían por las praderas, inventaban juegos con palos que imaginaban que eran espadas y Birra demostró tener una habilidad muy especial. Cada vez que estornudaba, daba un salto tan fuerte que sus cuatro patitas se elevaban medio metro sobre el suelo, cayendo siempre de pie como si fuera un acróbata.
Un sábado por la tarde, mientras paseaban cerca de la gran encina, un árbol tan viejo que sus ramas tocaban el cielo, Birra se detuvo en seco. Levantó sus orejas, husmeó el aire con su trufa negra y emitió un pequeño ladrido de alerta. Había algo extraordinario. Birra corrió hacia la raíz más gruesa del árbol y comenzó a cavar con un entusiasmo desbordante. La tierra salía volando entre sus patas, pero Nandi notó algo insólito. Del agujero no salía tierra normal, salían diminutos destellos de colores dorados y plateados y el aire comenzó a oler a galletas de vainilla recién horneadas y a caramelo.
—¡Birra, espera! ¿Qué estás buscando? —exclamó Nandi corriendo hacia ella.
De pronto, de entre la tierra brillante emergió un ser diminuto, no más grande que una manzana. Tenía alas transparentes como las de una libélula, un sombrero puntiagudo y un traje cosido con retales muy coloridos. El pequeño ser tosió y se sacudió la chaqueta con indignación.
—¡Por las barbas del gran duende! —protestó con voz aguda pero majestuosa—. ¿Quién ha activado la puerta secreta de la gran encina sin llamar a la puerta?
—Oh, lo siento muchísimo —dijo Nandi abriendo mucho los ojos por la sorpresa—. Mi perro Birra estaba cavando, no queríamos molestarte.
La pequeña criaturita miró al cachorrito negro, que en ese momento movía la cola con entusiasmo. Entonces, una enorme sonrisa apareció en el rostro de la criatura.
—Un placer conocerte, y a ti también, Peque —dijo haciendo una reverencia al pequeño peludo—. Soy un Magikito, guardián secreto de la naturaleza, la risa y los trucos del campo. Mi nombre es Tim y, a decir verdad, habéis llegado justo a tiempo. Tengo un problema.
—¿Un problema? ¿En qué podemos ayudarte? —le preguntó Nandi, mientras Birra inclinaba la cabeza con curiosidad.
—Veréis, hoy celebramos la preparación del festival de la primavera. Es el día en que despertamos a las flores, pero mientras venía hacia aquí se me ha caído el ingrediente más importante de mi mural: la nube de carcajadas. Si no la encuentro antes del atardecer, las flores de todo este campo crecerán tristes, aburridas y de un aburrido color gris.
Birra pareció entender cada palabra y soltó un ladrido alegre. Volvió a poner su nariz de trufa pegada al suelo y empezó a rastrear la hierba. Olfateó debajo de una piedra, detrás de un matorral de moras y finalmente corrió hacia un grupo de hongos rojos con puntitos blancos. Se detuvo frente al hongo más grande. De repente, su nariz negra empezó a cosquillear. Birra arrugó el hocico, cerró los ojos y… ¡un estornudo lo hizo salir volando por los aires! Birra dio una voltereta en el aire y cayó de pie suavemente sobre la sombrilla del hongo. El impacto hizo saltar de la parte trasera del hongo una pequeña nube esponjosa que flotaba como un algodón de azúcar.
—¡La nube de las carcajadas! —gritó Tim dando brincos en el aire—. Este perro tiene la mejor nariz de todo el reino mágico.
Para celebrar el rescate, Tim sacó su varita mágica, que parecía una espiga de trigo dorada, y la agitó en círculo tres veces. En ese instante, todo el prado se transformó en un espectáculo de pura fantasía. Los pétalos de las flores comenzaron a girar y se convirtieron en caramelos sabrosos. La hierba, suavita del suelo, empezó a emitir risitas y a hacerles cosquillas a Nandi en los pies. Del cielo empezaron a caer pompas de jabón gigantes que al romper contra el suelo o contra la nariz de Birra no sonaban a agua, sino a la carcajada de un niño juguetón. Birra corría de un lado a otro persiguiendo las pompas, dando saltos cada vez que estornudaba por el polvo de la nube mágica. Nandi y el Magikito se reían sin parar, viendo las piruetas del cachorrito.
Cuando la fiesta mágica terminó y la nube de carcajadas se esparció por el aire, asegurando una primavera llena de colores vivos. Tim se acercó a los dos. Sacó de su bolsillo una pequeña chispa de luz y la posó sobre la chapa del collar de Birra. El collar brilló intensamente durante un segundo antes de volver a su estado normal.
—Como agradecimiento por vuestra ayuda —dijo el Magikito guiñándole un ojo—, he encantado este collar. A partir de hoy, cada vez que salgáis a pasear por el campo, podréis ver a todos los Magikitos que viven ocultos en la naturaleza. Siempre seréis bienvenidos en nuestros secretos.
El sol comenzaba a esconderse tras las montañas y las estrellas empezaban a brillar en el cielo. Nandi se despidió de Tim con la mano y tomó el camino de vuelta a casa. A su lado, trotaba feliz Birra, con la cola alta y el collar emitiendo un suave destello en la penumbra. Nandi le acarició la cabeza con cariño, sabiendo que, gracias a su perro negro, cada paseo por el campo se había convertido para siempre en una aventura llena de magia, amigos misteriosos y risas inolvidables.