Corría el verano de 1917. Dos primas jugaban junto a un riachuelo en Cottingley, un pueblo de Yorkshire que todavía no sabía que iba a volverse famoso. Elsie tenía dieciséis años. Frances, diez. Y ambas llevaban un secreto en el bolsillo que iba a engañar al mundo durante sesenta y cinco años.
La cámara era del padre de Elsie. Las tijeras, de la cocina. Las figuras, de un libro de cuentos. El resultado: cinco fotografías que pusieron a media humanidad a debatir si las hadas existen de verdad. Spoiler: el fraude era tan evidente que la única explicación razonable para que funcionara es que nadie quería verlo.
El riachuelo y la cámara que no debían tocar
Arthur Wright no era un hombre crédulo. Era un mecánico de Bradford con los pies firmemente plantados en el suelo y poca paciencia para los cuentos. Cuando su hija Elsie y su sobrina Frances le devolvieron su Midg Quarter-Plate con un carrete gastado, él reveló las placas esperando encontrar las cosas normales que fotografían las niñas.
Lo que encontró fueron hadas.
Pequeñas, aladas, danzando delante de Frances con una alegría despreocupada que hacía difícil no sonreír. Arthur decidió que las niñas habían montado un teatro con cartulinas. Les dijo exactamente eso. Y se marchó a tomar el té.
Tenía razón. Solo que nadie más iba a escucharle.
El torbellino teosófico (o cómo llegar de Yorkshire a todo el mundo)
La madre de Elsie, más receptiva al asunto, llevó las fotos a una reunión de la Sociedad Teosófica de Bradford. Allí la vida tomó un giro que nadie en esa sala habría podido prever.
Las fotos llegaron a Edward Gardner, teosófico convencido con mucha energía y pocas dudas. Gardner las mandó analizar a fotógrafos expertos, que confirmaron que no había manipulación en las placas. Era lo que parecía ser. Y en 1920, Gardner contactó con alguien que estaba escribiendo un artículo sobre apariciones feéricas para The Strand Magazine.
Ese alguien era Arthur Conan Doyle.
El mismo Arthur Conan Doyle que había creado a Sherlock Holmes. El personaje más racional de la historia de la literatura. El detective que no creía en la magia sino en los datos, en las fibras de tabaco, en las manchas de barro. Su creador, resulta, llevaba años siendo espiritualista confeso y tenía una necesidad voraz de que el otro mundo fuera real.
Las fotos de Cottingley llegaron a sus manos como una respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndose.
¿Eran reales las hadas de Cottingley?
No, aunque la respuesta tiene una coda que merece la pena saborear. Las fotografías eran falsas: Elsie y Frances recortaron figuras de hadas del Princess Mary's Gift Book de 1914, las pincharon con alfileres de sombrero en el suelo y posaron junto a ellas. Las figuras llevaban peinados de moda en 1918, un detalle que cualquiera con un ejemplar del libro habría podido verificar al instante. Pero Frances Griffiths, hasta poco antes de morir en 1986, sostuvo que la quinta fotografía, la de la arboleda de hadas, era genuina. Que esa sí la habían visto. El fraude era compartido. La fe, solo de Frances.
El libro que lo delató (sin que nadie lo abriera)
El Princess Mary's Gift Book era un volumen de relatos y láminas ilustradas publicado en 1914. Las hadas de las fotografías salían literalmente de sus páginas, con sus alas Art Nouveau y sus melenas a lo garçon. Cualquiera con un ejemplar en casa podría haberlas reconocido al instante.
Nadie lo abrió.
No porque no supieran leer. Sino porque el deseo de que fueran reales era más potente que cualquier gana de mirar dos veces. Conan Doyle publicó The Coming of the Fairies en 1922. Lo escribió con la solemnidad de quien anuncia el mayor descubrimiento del siglo. El debate se extendió por décadas.
Los alfileres seguían ahí, en las fotos, si uno se molestaba en mirar.
1983: sesenta y cinco años de secreto bien guardado
Frances Griffiths tenía setenta y seis años cuando el periodista Joe Cooper las entrevistó para la revista The Unexplained. Elsie Wright tenía ochenta y dos. Las dos primas, ya ancianas, finalmente contaron cómo lo habían hecho.
Recortes. Alfileres de sombrero. Una tarde de verano junto al riachuelo. "Solo estábamos jugando", dijo Frances. "No esperábamos que nadie se lo tomara en serio."
No habían confesado antes porque no querían decepcionar a todos los que habían creído. Habían vivido con el secreto durante más de seis décadas sin que se les escapara ni un hilo. Y cuando por fin hablaron, lo hicieron con la serenidad de quien lleva cargando un peso muy ligero durante mucho tiempo.
Porque ese era el peso: no una mentira, sino la responsabilidad de ser el último refugio de la fe de otras personas.
¿Por qué Arthur Conan Doyle creyó en las hadas de Cottingley?
Conan Doyle había perdido a su hijo Kingsley en la Primera Guerra Mundial y a su hermano poco después. Era espiritualista desde antes de esas pérdidas, pero el dolor las convirtió en una necesidad urgente. Necesitaba que hubiera algo más allá del barro y la trinchera. Las hadas de Cottingley llegaron en ese momento exacto: dos niñas de Yorkshire con una cámara prestada que decían haber visto lo que él más quería que existiera. No falló su inteligencia. Solo que su necesidad de que fuera cierto era más grande que cualquier gana de dudar.
Lo que queda cuando se acaba el engaño
Hay algo que nosotros, los Magikitos, llevamos pensando desde que nos enteramos de esta historia: el fraude de Cottingley no es la historia de cómo dos niñas engañaron al mundo. Es la historia de por qué el mundo tenía tanta prisa por dejarse engañar.
Las fotos no eran técnicamente perfectas. Los alfileres estaban ahí. Las hadas llevaban cortes de pelo de catálogo. Y aun así, hombres de ciencia, escritores reputados y lectores de todo el mundo eligieron creer. No porque fueran ingenuos. Sino porque necesitaban, con mucha intensidad, que hubiera algo en el riachuelo de Yorkshire que no cupiera en un cuaderno de química.
Frances murió convencida de que la quinta foto era real. Quizás tenía razón. Quizás no. Pero hay algo muy bonito en que el fraude más famoso de la historia del folclore feérico termine con una anciana que se niega a cerrar del todo esa puerta junto al riachuelo.
Si quieres saber de dónde vienen los mitos de las hadas mucho antes de Cottingley, este artículo sobre la historia de las hadas te va a flipar. Y si te apetece algo más tangible, las láminas de hadas para colorear son un buen sitio donde dejar que la imaginación haga lo suyo, sin necesidad de alfileres.