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En el claro donde las flores se creen estrellas, esta hadita de 24 cm aterriza sin hacer ruido, como una nube con buen flow. Lleva colores alegres para camuflarse entre pétalos y, aun así, siempre la delata esa sonrisa de traviesa luminosa que te da ganas de pedir algo bajito.

Cuando nadie mira, estira sus piernas largas y elegantes sobre el musgo y se queda soñando, escuchando la niebla respirar el bosque. La carita de porcelana no juzga, solo guarda los buenos deseos como si fueran migas de pan para volver a casa. Su pelo de lana de oveja natural huele a taller y a hierba recién cortada, y a veces lo peina con una ramita porque las prisas le dan alergia.

  • Colecciona deseos torpes, de esos que salen en el metro y luego dan risa
  • Saluda a las urracas para que corran el rumor de lo bonito
  • Si ve una taza desportillada, la usa de trono para el té

Si la pillas sentada entre flores, no la interrumpas mucho. Está empujando el mundo un milímetro hacia lo posible.

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