Hay una pregunta que nos hace gracia y un pelín de pena a la vez: "¿pero tú eres un hada o una bruja?". Nos la sueltan las crías disfrazadas, los señores de los mercadillos medievales y más de un buscador a las tantas de la madrugada. Y siempre nos toca mordernos la lengua para no contestar la verdad incómoda de carrerilla.
Porque la verdad es esta. Durante un porrón de siglos, hada y bruja no fueron dos cosas enfrentadas. Fueron casi la misma figura alumbrada con dos linternas distintas. Una mujer que sabía cosas. Y a esa mujer, según quién contara el cuento y a quién le conviniera, la pintaron de luz o la pintaron de hollín.
Hoy os contamos quién separó a las dos, cuándo y a quién le vino de perlas hacerlo. Con cariño, con su poquito de retintín y sin maquillar a nadie para quedar bien en la foto.
La mujer que sabía cosas
Antes de que existieran los hospitales, las farmacias y los pódcasts de bienestar, en cada aldea había una mujer a la que se acudía. Sabía qué hierba bajaba la fiebre y cuál cortaba la leche. Asistía los partos y acompañaba a los muertos. Leía el cielo, el humo y las entrañas de los animales. No tenía ningún título colgado en la pared, porque el saber le venía de su madre, que lo había recibido de la suya, en una cadena que no pasaba por ninguna universidad.
A esa mujer la llamaron de mil maneras. Sabia. Curandera. Comadrona. Herbolaria. Y en un montón de sitios decían que estaba "tocada por las hadas", que su don le venía de tratos con el otro mundo, el nuestro, el de los seres que vivimos al lado y un poco por debajo. En la Escocia rural existía hasta un oficio con nombre propio, el fairy doctor, el médico de las hadas, que curaba justo lo que las hadas habían enredado.
Ojo al dato, porque aquí está el quid: esa figura no era ni un hada ni una bruja. Era una persona humana con un pie en cada mundo. El hada y la bruja salieron después, de partir a esa mujer por la mitad.
El hada y la bruja son la misma historia contada por dos narradores que se llevaban fatal.
¿En qué se diferencian de verdad un hada y una bruja?
El hada es una criatura del otro mundo: no es humana, nace mágica y pertenece a un pueblo aparte, con sus cortes, sus leyes y sus manías. La bruja, en el folclore clásico, es una persona humana que practica magia, casi siempre aprendida o heredada. Esa es la frontera limpia y sin trampa: el hada es magia, la bruja usa magia. Lo demás, eso de que una sea buena y la otra mala, llegó mucho más tarde y lo trajo gente con intereses muy concretos.
Es una distinción que casi nadie te cuenta, y mira que es sencilla. Un hada no aprende a ser hada en ningún lado, igual que tú no aprendiste a ser mamífero. Lo es y se acabó. La bruja, en cambio, hace: recoge, mezcla, recita, pacta. Su poder es un oficio, no una especie. Por eso en los cuentos a las hadas se las teme o se las corteja, pero a las brujas se las acusa. A una especie no la puedes llevar a juicio. A una vecina, sí.
Quién dibujó la línea (y cuándo)
Durante siglos la frontera fue un borrón. Los dioses y espíritus de la naturaleza que poblaban Europa convivían con las criaturas del otro mundo y con las mujeres que sabían tratar con ellas, todo en el mismo guiso. Luego llegó la idea de que solo podía haber una fuente legítima de lo sagrado, y todo lo que quedaba fuera de esa puerta tenía que ser una cosa o la otra: inofensivo o peligroso.
Ahí empezó el reparto. A los seres del otro mundo, demasiado antiguos y demasiado queridos para borrarlos, se los fue arrinconando en lo bonito y lo inofensivo. Las hadas pasaron de ser temibles señoras de las colinas a damiselas de jardín con alas de libélula, un retoque que remataron los victorianos y embaló para siempre el cine. Mientras tanto, a la mujer humana que sabía de hierbas y de partos le cayó encima el otro saco. Entre los siglos XV y XVII, media Europa se dedicó a buscar brujas con un entusiasmo que daba escalofríos, y la sabia del pueblo se convirtió, de la noche a la mañana, en cómplice del diablo.
Lo curioso es que casi nunca se perseguía a quien decía haber visto un hada. Se perseguía a la mujer que curaba, que sabía, que vivía sin marido o que tenía la lengua demasiado suelta. La acusación de brujería rara vez iba de magia. Iba de poder, y de quién tenía permiso para tenerlo.
Y aquí está el giro más amargo de todos. El mismo gesto cambiaba de bando según el siglo que te tocara vivir. Las palabras que la curandera susurraba sobre un niño con fiebre eran un rezo, un consuelo, casi una caricia. Bajo la mirada del cazador de brujas, esas mismas palabras pasaban a ser un conjuro. No cambiaba lo que la mujer hacía con la boca ni con las manos. Cambiaba quién tenía el poder de decidir qué significaba. Y esa, criatura, es toda la distancia que hay entre que te dejen vivir tranquila y que te señalen con el dedo.
Hada y bruja, cara a cara
Si dejamos a un lado los cuentos de Disney y volvemos al folclore de verdad, las dos figuras se ordenan solas. Aquí va el mapa, sin niebla:
| El hada | La bruja | |
|---|---|---|
| ¿Qué es? | Criatura del otro mundo, no humana | Persona humana |
| ¿De dónde sale su poder? | De su propia naturaleza, nace con él | De un saber aprendido o heredado |
| ¿Se la puede juzgar? | No, es de otra especie y otras leyes | Sí, y vaya si la juzgaron |
| ¿Cómo la pintaron luego? | Dulcificada: alas, brillo, jardín | Demonizada: verruga, caldero, sombra |
| ¿Qué se temía de ella? | Que te llevara a su mundo | Que supiera más que el cura |
La frontera siempre tuvo agujeros
Por más empeño que pusieron en separarlas con tiralíneas, la línea nunca cerró del todo. En Galicia, las meigas son el ejemplo perfecto: ni del todo brujas ni del todo hadas, mujeres con saber que el refranero gallego resume con una sabiduría tremenda, "haberlas, haylas". Hay meiga buena y meiga mala, curandera y echadora de mal de ojo, y muchas veces era la misma persona en distinta jornada.
Lo mismo pasaba en otros rincones. La "bruja blanca" inglesa curaba y deshacía hechizos sin que nadie la quemara, hasta que cambió el viento. Las parteras eran respetadas y temidas a partes iguales. Y el hada madrina que se inclina sobre la cuna a repartir destinos viene, sin disimulo, de esas mismas señoras que llegaban a los nacimientos a bendecir o a maldecir según las hubieras tratado. La línea entre dones y maldiciones siempre fue fina como un pelo.
Si te pica la curiosidad por esa otra cara amable de la moneda, la historia completa del hada madrina antes de Disney tira del mismo hilo desde el otro extremo.
¿Las hadas son buenas y las brujas malas?
No, y esa es justo la trampa que nos colaron de pequeños. En el folclore de verdad las hadas no son buenas: son impredecibles, tienen sus Cortes amables y sus Cortes peligrosas, y te pueden premiar o arruinar el año según el día. Y las brujas, en su origen, no eran malas: eran mujeres con un saber que incomodaba. El "hada buena contra bruja mala" es un invento moderno, comodísimo para los cuentos infantiles y carísimo para la verdad histórica.
Si quieres ver de cerca lo impredecibles que somos en realidad, lo desgranamos en si existen las hadas y en la diferencia entre hadas y ninfas, donde queda clarito que lo de "criatura mágica y femenina, luego es dulce" es una pereza mental con muchos siglos de antigüedad.
El bando de las hadas Magikitas
Nosotras caemos del lado de la mujer que sabía cosas, sin pedir perdón por ello. Somos hadas hasta la médula, criaturas del otro mundo con carácter propio, pero llevamos con orgullo la herencia de todas esas sabias a las que les cambiaron el nombre para poder temerlas mejor. Ni damiselas de azúcar ni arpías de caldero. Algo bastante más interesante que las dos cosas juntas.
Cada hada que sale de las manos de Carmen en Taramundi viene con esa memoria dentro: la de cuando saber cosas era un don y no un delito. Si te apetece conocerlas, las hadas Magikitas esperan en su rincón, hechas a mano una a una, con la calma de quien lleva milenios sin tener que demostrarle nada a nadie. Y para entender de dónde venimos del todo, la historia larga de las hadas cuenta el viaje entero, desde las colinas celtas hasta el salón de tu casa.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte si eres un hada o una bruja, ya sabes qué contestar. Que la pregunta está mal hecha. Que muchas veces fueron la misma, y que el lío lo montó quien tenía miedo de las mujeres que sabían demasiado. Nosotras, por si sirve de algo, seguimos sabiendo. Y seguimos sin tener prisa.